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24/1/17

La risa de Diógenes

Estaba sentado Diógenes el Cínico, riéndose a más no poder de los tropezones que con una piedra se daban los transeúntes. Era una piedra muy bien colocada; así, cuantos pasaban por allí, tropezaban con ella. Diógenes seguía riendo a carcajadas. Por fin, uno de los damnificados le preguntó:
—¿De qué te ríes, Cínico?
Diógenes respondió:
—Seguro que no es de ti ni de la piedra. Todos, al tropezar, reniegan y maldicen; pero ninguno ha tenido la virtud de apartarla del camino para que los demás no tropezaran. Del egoísmo de los hombres me río. «

Diógenes de Sinope (o el Cínico) fue un filósofo griego que vivió en Atenas unos tres siglos antes de Cristo. Para él, la virtud era el mejor bien. Rechazaba toda convención, la ciencia, los honores y la riqueza. Iba siempre descalzo, vestía una capa y vivía en un tonel. Objeto de burla y, a la vez, de respeto para los atenienses, para algunos fue modelo de sabiduría. Diógenes proponía un estilo de vida ascético y lo ponía en práctica; se basaba en la autosuficiencia y en un estricto entrenamiento del cuerpo para tener las menores necesidades posibles. Creía que la felicidad se lograba mediante la satisfacción de las necesidades naturales en el modo más sencillo y práctico, sin estar condicionado por las instituciones y las normas. Consideraba que las convenciones contrarias a estos principios no eran naturales y debían ignorarse. Por esta razón se le llamó kyon (perro), de donde deriva el nombre de “cínico”.

21/1/17

Nuevo año, nueva imagen


¡Hola a todos!
Una nueva imagen encabeza este blog. Se trata de un caminante que avanza hacia un horizonte luminoso. La educación auténtica no puede tener otro fin que un horizonte así, pues la persona que se educa y crece, que adquiere virtudes, que encarna valores, no encerrado en sí sino volcado hacia los demás, se encamina hacia un dichoso destino de realización.
Esa luz lejana representa el ideal, pero debe notarse que ya el camino está iluminado. No se trata de un avance a ciegas y una irrupción de sol al final de la vida.
El educador bueno es luz para sus discípulos, pues les aclara con sus enseñanzas y ejemplos, la inteligencia y el alma. Los ojos se llenan de luz cuando la verdad se revela, y cuando la felicidad que trae la superación personal toca el corazón.
Avancemos hacia la luz, educándonos y educando.
Seamos luz, educándonos y educando. En relación con esto, transcribo aquí unas palabras alentadoras y clarificadoras:

El Sol no se apaga durante la noche, se nos oculta por un tiempo por encontrarnos «al otro lado», pero no deja de dar su luz y su calor. El docente es como el Sol. Muchos no ven su trabajo constante, porque sus miras están en otras cosas, pero no deja de irradiar luz y calor a los educandos, aunque únicamente sabrán apreciarlo aquellos que se dignen «girarse» hacia su influjo.

Yo los invito a ustedes, profesores, a no perder los ánimos ante las dificultades y contrariedades, ante la incomprensión, la oposición, la desconsideración, la indiferencia o el rechazo de sus educandos, de sus familias y hasta de las mismas autoridades encargadas de la administración educativa. La educación es el mejor servicio que se puede prestar a la sociedad, pues es la base de toda transformación de progreso humano, tanto personal como comunitario. Este sacrificado servicio pasa desapercibido para muchos.

Probablemente, ustedes no podrán ver el fruto de su labor cuando éste aparezca, pero estoy convencido de que gran parte de sus alumnos valorarán y agradecerán algún día lo sembrado ahora. No confundan nunca el éxito con la eficacia. En la vida no siempre lo eficaz es exitoso y viceversa. Tengan paciencia, mejor, esperanza. No olviden que la clave de toda obra buena está en la perseverancia y en ser conscientes del valor del trabajo bien hecho, independientemente de sus resultados inmediatos. Sean fuertes y valientes, tengan fe en ustedes y en lo que hacen.

Que Dios los bendiga y bendiga su abnegada labor diaria, la mayoría de las veces oculta, silenciosa e inapreciada, pero siempre eficaz y valiosa. (Papa Francisco)

16/1/17

Nosotros y el tiempo

“Un día puede ser una perla; un siglo, nada”
(Gottfried Keller, escritor suizo).
No lo olvidemos: el tiempo no es nada; el tiempo no tiene nada. Sólo es lo que nosotros hacemos de él; sólo tiene lo que nosotros le damos.
El tiempo está parado: no viene ni va; pero nos espera a nosotros. 

Nosotros no estamos parados. Caminamos hacia el tiempo. Lo atravesamos y podemos usarlo o perderlo. Del todo libre y sin ninguna coacción, se coloca sobre nuestro camino en la vida, penetra en cada uno de los días de nuestra existencia y espera lo que hagamos con él. Sin embargo, todo cuanto hacemos con él, es nuestra responsabilidad.

Luego de nuestro paso por esta tierra, a la luz de la eternidad, conoceremos lo que hemos hecho con el tiempo de nuestra vida, de nuestros años, de nuestros días, de nuestras horas, y lo que hubiéramos podido hacer con él. Entonces veremos claramente si los días de nuestra vida se han trocado en perlas o si toda nuestra existencia se ha hecho una nada. ˜

Sorgo y chamico (M. Menapace)

Estimados lectores: les dejo aquí una bella historia de campo, que nos enseña la importancia de la paciencia, la prudencia y la fe, si lo que queremos es el premio del fruto. En educación muchas veces debemos actuar a su tiempo, sin premuras y con esperanza de recolección. Que la disfruten.

El sorgo estaba chico. Tal vez a no más de una cuarta de altura. Y el verano había exagerado la sequía con varios días de viento norte.
A la hora de la siesta era casi preferible no mirar el sorgal. Su aspecto era más vale desalentador. Chamuscado como estaba por el calor y el viento norte, el pequeño sorgal mostraba el sufrimiento de la sequía.
Sólo el chamico parecía gozar de privilegio. Aunque mirado bien y de cerca, también él mostraba los efectos de la sequía. Lo malo era que había mucho chamico. Y para el sorguito eso representaba un doble peligro.

13/1/17

El bien que nos hacen (L. Castellani)



Estimados lectores de este blog: he estado ausente por un año, por diversas razones que me hicieron dejarlo librado a su suerte. Sin embargo este espacio siguió siendo visitado a diario, cosa que agradezco. Mi gratitud también está dirigida a quienes han enviado comentarios de adhesión y aliento. Espero en este 2017 incrementar los aportes a este blog, cuyo fin no es otro que contribuir a una educación que haga más personas a las personas. Vuelvo con una instructiva fábula del gran Leonardo Castellani sobre el bien que nos hacen y no vemos...

—Yo los voy a arreglar, bichos de la gran flauta —dijo el Hombre, descolgando la escopeta.

—Dejalos, pobrecitos, quién sabe no tengan nido —dijo la Mujer—. Todos los años vienen y la cosecha no falla.

—Comen muchas matitas tiernas de maíz —dijo el Hombre—. ¿Vos sabés lo que sería la cosecha sin esos bichos dañinos?